Stewart Island: El Titanic, la guía turística maorí y el colega pelirrojo
A pesar de que la mañana no resultaba muy prometedora, decidí acercarme a Stewart Island. Una pequeña isla al sur de Nueva Zelanda (la isla más meridional del país a decir verdad y lo más cerca de la Antártida que he estado nunca) que tiene 250 habitantes y que posee, según algunas lecturas, el ecosistema mejor conservado de toda la isla porque apenas está explotado. Además, el periódico local dijo esta mañana que haría buen tiempo a partir del medio día: veremos a ver.
Llegué a Bluff, donde se coge el ferry que te lleva a Stewart Island. Hay 3 ferries diarios de ida y otros tantos de vuelta. Cogí el de las 9:30 (porque los anteriores era demasiado pronto) y el de las 15:30 de vuelta; porque sabía que tampoco tenía que estar hasta las 18:30 que era el siguiente.
Subí al ferry. Todo bien, aunque algo de marejadilla por el tiempo. A la media hora (el trayecto dura 1 hora) de zozobrar arriba y abajo e izquierda y derecha (o babor y estribor) empezaba a encontrarme un poco mal. El estómago me había saltado varias veces y la sangre subió al cerebro más rápido de lo que acostumbra. Como el parque de atracciones. Después de 15 minutos debatiendo si me asomaba por la borda y tirarme o echar la papilla decidí quedarme sentado y pedirle al Señor que aquello terminase pronto. Y así fue, 5 minutos después entrábamos en el estuario de Stewart Island donde el agua está mucho más tranquila y calmada. Lo había logrado, aunque por poco.
Subí a un minibus que recorre los puntos más alejados de la isla y dónde no se puede llegar andando en un día. La guía era una mujer de origen claramente maorí; de hecho, yo creo haberla visto con el ombligo al aire y falda de cañas bailando danzas nativas en algún documental; pero preferí no preguntar. Nos llevó a varios sitios muy interesantes. Nos dijo la mujer que había 17 niños en el colegio de la isla, aunque 15 eran realmente asiduos. Eso qué significa? que los otros hacían pellas? a dónde? para hacer qué? Cosas que no me quedaron claras del todo.
Terminó el garbeo y aún con 3 horas antes de irme decidí seguir de por libre. Me metí en un fish-n-chips y pedí una ración. Muy buena. Aunque no pude evitar pensar en lo que sucedería en el camino de vuelta después de haber comido pescado y patatas: decidí dejarlo pasar.
Decidí irme por una zona de la isla que no había visto aún. Subí un montón de metros (no pude contarlos) y una indicación me llevaba a un camino de barro campo a través; en este caso, bosque a través. Decidí meterme, a pesar de que ponía 30 minutos. Sólo me encontré de repente en medio de la selva. Literalmente, lleno de helechos y árboles que no había visto en mi vida. Muchos pájaros, no es que los viese; pero sí los oía: y muy bien. Me encantó el camino, sabía que en la isla el peor depredador son los perros de compañía de algunos habitantes del lugar, de modo que no había miedo de serpientes/arañas/cocodrilos…
Decidí meterme en una cafetería y tomarme un chocolate. Por el camino me crucé con cerca de 250; todas ellas me saludaron con una gran sonrisa. Eso es lo bueno de estos lugares. Yo les correspondí con otra sonrisa, aunque no tan amplia por desgracia.
Bajé y me crucé con la maorí que acababa de terminar un tour. Me preguntó si me había gustado lo que había visto. Afirmativo. Me dijo que como el día había aclarado, podía volver a subir a un promontorio para ver las otras islas de alrededor, que por la mañana apenas se podían divisar por la niebla, pero pronto debía partir. Me ofreció su coche por si me apetecía ir a verlo! Pero tuve que declinar la oferta por muchas razones, pero principalmente me movieron dos a tomar esa decisión: no quería caerme con un coche que no es mío por uno de los acantilados de la isla y tenía que sacar billete de vuelta, parece que había mucha gente esperando.
Lo hice y me senté en un parque a la orilla del mar a esperar los 20 minutos que faltaban para partir. Se acercó otro turista para preguntarme por qué las fotos se veían tan oscuras en la cámara digital. Estaba sólo y claramente quería entablar conversación; de modo que le ahorré la explicación técnica del pixelado y los ajustes de brillo y decidí darle una explicación breve y sacar otro tema rápido: estoy de vacaciones. Tenía unos 40 años y es de Christchurch; curiosamente. Estaba recorriendo el país y tal y aquí estaba. Hablamos del tiempo, de la gente y del paseo en ferry de por la mañana: él había optado por la segunda opcion.
Tomamos de nuevo el ferry juntos; decidí dejar al menos un asiento entre medias de los dos: los mareos son muy traicioneros. Además venían en el barco un grupo de escolares que iban de vuelta de una visita a la isla; fue un trayecto más entretenido y mucho, mucho más placentero.
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