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Felicidad sobrevalorada

El momento en el que empiezas a escribir sobre el paseo que acabas de dar para ir a comprar el pan indica oficialmente que ya no tienes vida. Peor aún es escribir sobre las gotitas de lluvia que te caen durante ese paseo hacia la panadería. Pero hoy no voy a hablar de ello… o sí.

Hoy he dado un paseo. También me han caido algunas gotitas de lluvia; sí, suele ser el resultado de unas nubes muy negras en el cielo. También he pensado en esas cosas a las que damos tantísima importancia y sobre las que tantas preguntas nos hacemos demasiado a menudo. La principal de ellas probablemente es la felicidad esa de la que tanto se habla. Creo poder decir con cierta seguridad (y no descarto retractarme de esta afirmación en un futuro) que la felicidad está sobrevalorada, al igual que muchas otras cosas en esta vida tales como los pisos, los reality-shows (salvo el de los Monegros) o el fútbol; pero aparentemente éstos no son demasiado trascendentes. Y cuando digo que la felicidad está sobrevalorada lo digo con un motivo: la experiencia personal. La RAE define la felicidad como

Estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien.

Esta definición, aunque quizá materialista en opinión de algunos y probablemente machista en opinión mujeres que escuchan “me haces feliz” debo decir que, excluyendo la denotación subjetiva… es bastante acertada. Imagino que eso es a lo que se dedica la RAE además de hacer diccionarios y admitir vocablos anglosajones en uso desde décadas atrás. Creo que la excelencia también está un tanto sobrevalorada.

Lo que vengo a decir con toda esta verborrea digital y desperdicio de bytes es que la felicidad no es necesariamente el estado de ánimo de complacencia. Mi forma de verlo es que no hay complacencia sin sufrimiento es decir, no se puede ser feliz sin haber sufrido. Y creo que es algo injusto decir que la felicidad es el estado de complacencia cuando el sufrimiento también ha propiciado este sentimiento.

A lo cuál surge la pregunta ¿soy feliz? y la respuesta es sí. Claramente sí; sin duda. Y creo que incluso soy capaz de justificar esta respuesta. En mi caso los momentos de sufrimiento no pueden, ni siquiera por un momento, eclipsar los momentos de complacencia pero son lo suficientemente intensos como para hacerme capaz de apreciar mi fortuna. Soy consciente de mi felicidad.

No creo que me haga falta nada en la vida para ser más feliz; quizá pueda incluir algo; pero no es necesario. Aunque un paraguas ayudaría.

Námaste.

Isma