· humor / noruega / viajes · 4 min read

Llegan el sueño, una rubia y un montañero. Un pastor me persigue

El cansancio poco a poco se apodera de mí y se empieza a notar en el humor. Al igual que un portátil se queda sin batería y la pantalla se desvanece poco a poco yo empiezo a sentir que mi cuerpo pesa y resulto más borde de lo normal. Si cabe. El portátil está además al 6% de batería de modo que estamos en la misma situación.

Para mi sorpresa mañana no tendré que levantarme extremadamente pronto; sobre las 6 quizá. Al igual que muchas otras personas el hecho de haberme levantado no significa que esté realmente despierto; sólo indica que físicamente me encuentro en pie; pero el resto de mi cuerpo está en standby.

El día de hoy ha sido extraño; para empezar un pastor ha salido corriendo detrás mío y voy a explicar esto. Estábamos en una carretera de peaje noruega; aquí las carreteras de peaje son de las que tienes que sacar las 2 ruedas de la derecha de la calzada para que pase un coche en el otro sentido. Debes además sacar el trasero por la otra ventanilla ya que de lo contrario te puedes despeñar por un fiordo. En ocasiones, cabezas de ganado bloquean la carretera; es común encontrar hordas de vacas, ovejas o cabras pasear por la calzada. En esta ocasión eran ovejas. Las ovejas corrían delante del coche; era como en los sanfermines: ovejas perseguidas por bichos grandes. Para sentirme un poco más parte de la situación decidí bajar del coche y correr junto a ellas, agitando los brazos cual aguilucho presto a volar. Mala idea. Una oveja, asustada supongo, se salió de la calzada al camino de piedra. Tonta de ella. Paro un poco, miro hacia atrás a los otros coches y descubro unos 100 metros detrás a un hombre corriendo hacia nosotros gritando algo agitando los brazos cual pingüino presto a levantar el vuelo. Cientos de ovejas corrían delante de él en nuestra dirección*. En vista de que la situación no me resultaba favorable (debo especificar que el tío agitando los brazos era rubio noruego aunque, todo hay que decirlo, de avanzada edad) decidí entrar de nuevo en el coche y ‘exhortar’ a nuestro conductor que aligerara el paso ya que un rubio en chandal nos perseguía. Conseguimos deshacernos de las ovejas y, por consiguiente, de su malvado protector.

Después de algunas visitas y otras actividades de muy poca carga de adrenalina decidimos pasar por el hotel donde Tora (nuestra rubia) trabajaba. A las 8pm no esperábamos encontrar a nadie ya que, a esas horas, absolutamente nadie en este país trabaja. Pero, para nuestra sorpresa ahí estaba ella. Con su melena rubia agitándose tras el mostrador de un bar/cafetería/recepción con su camiseta azul y mandil de servir copas. Muchas copas. Nos acercamos y tal fue el impacto que le costó reconocernos (algunos piensan que en realidad fue la falta de impacto de la semana pasada. Puede ser). Entre check-in y check-out de clientes mantuvimos conversaciones distendidas sobre Bergen, los peajes noruegos y sus antepasados. Lo normal. En algún momento de la conversación aparece David, un caballero de unos sesenta años, con algunas canas pero con una forma física admirable. Al menos en apariencia, claro. Se unió a la conversación en el momento en el que hablábamos de lo aburrido interesante que debía ser trabajar en un hotel en aquel lugar perdido aún por colonizar. Él me ofreció empleo en dicho hotel que yo, con exquisita educación, decliné. La conversación continuó entre los tres. En algún momento alguno de nuestros integrantes masculinos hizo un amago de querer entablar conversación que, básicamente, terminó en “no tengo camisetas de esa talla”. No fue acertado. David, que así se llamaba el caballero de pelo grisáceo, llevaba viviendo unos 50 años en el condado y nos aseguró de que aquel era el más hermoso de los condados de todo Noruega; creo que estoy de acuerdo co su afirmación. Era montañero y nos regaló un libro que él mismo había escrito sobre escalada, senderismo y demás actividades de gran agotamiento físico en aquella zona. Tras dedicárnoslo se acercó y nos invitó a regresar a este hermoso lugar para explorarlo de una forma diferente y sin la hasta ahora inseparable compañía de nuestro vehículo motorizado.

En este momento volvimos a sentir volvimos a sentir las hormonas de las hembras dominantes del grupo que con agresividad y desasosiego nos invitaban a abandonar aquel lugar. Creo que la presencia de la hembra de ojos color fiordo y exótica exuberancia inquietaban y llenaban de tensión a las féminas de nuestra manada. Nos despedimos no sin cierto pesar. Igual que supe la semana pasada que nuestros caminos se volverían a cruzar, hoy, en cambio, tuve la corazonada de que jamás volvería a ver a Tora. Una lástima, podría haberla hecho muy feliz.

Mañana lamentablemente es nuestro último día completo en el paraíso. Después, de vuelta a la realidad.

Namasté.

* Quizá fueran sólo un par de docenas; pero a mí me parecían muchas más.

Isma