Vuelta a la jaula
Está claro que en cuanto se acaban las vacaciones dejo de tener cosas que contar. Por algún motivo el hecho de estar ocioso me inspira para escribir. Espero que no sea el aburrimiento.
La vuelta al curro ha sido de las más duras de mi vida laboral. Llegué un domingo a eso de las 0:01 de modo que tenía, literalmente, el día entero por delante: no podía perder el tiempo. Y no lo perdí. A eso de las 10 me dijeron de quedarme por ahí más tiempo; pero mi conciencia entró en escena como suele hacer en estos casos y me aguó la fiesta soltando algo así como “no que mañana trabajo y no he dormido demasiado”. Por qué a mí me pregunto yo.
Y fue en este momento en el que un un alarde de extrema agilidad mental saqué el teléfono del bolsillo y en un acto desesperado miré el calendario; mi única esperanza era que pusiera algo así como “Lunes 1 de Septiembre: Fin del Mundo (Ocupado todo el día)”. Pero me equivocaba. Cuando lo había dado todo por perdido vi, bajo un fondo verde “Labor Day”. El día del trabajo en EEUU. Creo que nunca en mi vida había reparado en lo irónico que resulta que el día del trabajo sea para no ir a la oficina; aunque a mí me daba igual. Tampoco se me habían saltado nunca las lagrimitas al mirar un calendario.
Inexplicablemente había conseguido ganar 24 horas al Mal. 24 horas que pasaría descansando y poniendo cosas en orden. Está claro que a esta casa no le sienta nada bien que me marche 10 días de vacaciones.
Llegó la noche y… la mañana, Cual niño agarrado a las faldas de su madre para no entrar en la clase de parbulitos, yo me agarraba a las sábanas de mi cama en un intento de evitar lo inevitable: tenía que volver a trabajar.
Más lágrimas.
