· filosofia / reflexion · 2 min read

Jazz

Anoche fui a un concierto de Jazz. Y lo cierto es que no es una gran novedad ni algo sobre lo que merezca la pena escribir. Tampoco lo es el hecho de que la sala estuviera más seca que la mojama y que mi termostato interior estuviera falto de pila. Imagino que tampoco sería novedad mi ingestión del dedo meñique debido al hambre que tenía. Aunque supongo que sobre eso sí sería interesante escribir.

El caso es que lo mejor del concierto no fue ni la música, ni los sofás cómodos ni que la gangrena no me subiera más allá del codo, sino la gente con la que fui. Creo que hace mucho mucho tiempo que no disfrutaba de las personas por el simple hecho de su presencia y de igual manera sentir el deseo de que, a pesar de estar sólo escuchando música, aquel momento no acabara nunca. Sin embargo, de momento no he conseguido dar con la fórmula para recrear estos momentos a mi antojo, igual que me sucede con la alquimia imagino; pero sigo trabajando en ambas cosas.

Todos sabéis que nunca abuso, al menos de manera indiscriminada, de mi condición de editor/escritor/autor/dictador de este blog y que no suelo hacer menciones especiales. Tampoco lo haré hoy, al menos por nombre. Esas personas que estuvieron allí saben quienes son (salvo que tras la despedida hubieran decidido entregarse al placer etílico y no recuerden ya nada de lo sucedido; lo cual dudo). Hicisteis que mi noche estrellada fuera un musical.

Sin más de momento me despido hasta la próxima. Porque no creo que nos veamos antes.

Namasté.

Isma