Isma contra Isma
Hay cosas en esta vida con las que a uno no le costaría vivir: un descapotable en la Riviera francesa, un vaso de leche caliente por la noche antes de ir a dormir o una caipirinha en una isla desierta. A todo se acostumbra uno vamos.
O a casi todo. Hoy me ha dado por pensar en lo que significa pasar un fin de semana con un servidor. Y tan pronto me planteé la cuestión, una gotita de sudor empezó a recorrerme la frente a una velocidad de vértigo. No sé por qué será.
Son las diez de la noche más o menos, mala hora para filosofar. Lo dejaré para otro momento, o no. Ahí queda el interrogante; todos los que habéis pasado un fin de semana (o en su defecto 48 horas) conmigo os lo deberíais plantear; como si fuera la vacuna contra el tétanos después de cortarte con un cristal roto. Quizá no la necesitéis, o quizá sí. El que avisa no es traidor como se suele decir.
Sin nada más en el tintero me despido. Me voy a meter en el sobre, pero antes un vaso de leche caliente.
Namasté.
