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Reflexiones

En ocasiones en la vida de una persona nos dicen cosas como “Termínate la comida, no sabes cuántos niños hambrientos hay en África?”. Sí, supongo que lo sé; pero no lo conozco. La misión que levo a cabo en Ecuador está centrada en el pequeño pueblo de Picaihua. Un pueblo (o barriada) a pocos kilómetros de Ambato. Picaihua es un pueblo formado enteramente de núcleos chabolistas (aunque la mayoría hechos de cemento) en los que la pobreza es sin lugar a dudas, el denominador común. En el centro de este lugar se encuentra la iglesia Cristiana de Picaihua; con cerca de 50 miembros, esta iglesia está haciendo una extraordinaria obra evangelística en el pueblo. Esta iglesia, además, ha enviado a un misionero a una comunidad en la selva amazónica.

Como uno de los 3 traductores, me han pedido que me encargue de uno de los 3 grupos de niños. Hemos tenido alrededor de 150 y, para hoy, esperamos cerca de 200. Ayer tuve 35 niños sólo en mi grupo. Cada uno de estos niños tiene una historia detrás de ellos y, sinceramente, en muchos casos, prefiero no conocerla. Este año me ha impactado en particular una niña de 11 años llamada Anita. El martes, durante las manualidades, me pidió si podía escribir el nombre de su hermanito Andrés, de 2 años en la manualidad que estaba haciendo: no sabe escribir. Cada día trae a su hermanito en brazos a las clases y lo tiene con ella.

Hoy es el último día y llevo algunos pocos juguetes que pude comprar ayer en un centro comercial para ella. Este año he aprendido lo que es la compasión. Tengo ansias por saber qué es lo que Dios me enseñará el año que viene.

Isma