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Madrid o la fuerza del sino

La relación que tengo con la ciudad que me vio nacer es, cuanto menos turbulenta. Turbulenta como la situación política en Irán o la tarde posterior a unas deliciosas fabes. Quizá no tanto. Para mí ir al centro de Madrid es odioso por varios motivos: el primero de ellos es el tráfico. Nadie me dijo que pudiera llegar a tardar 30 minutos en cruzar la avenida de infanta Isabel desde la glorieta de Atocha. Trayecto que habría tardado menos haciendo andando. Odioso porque, al igual que su movida, Madrid corre peligro de convertirse en soez y hortera y odioso porque me niego a perder las piernas en algún socavón del metro o del Canal de Isabel II.

Tan odioso que, como si fuera Humphrey Bogart en Casablanca, terminaría besando a Ingrid Bergman; porque odio esta ciudad casi tanto como la amo y, aunque deseo huir de sus garras, sé que, tarde o temprano, termino volviendo a caer en ellas.

Aprovecho para dejaros con una foto que tomé en el parque del Retiro, pulmón (algo canceroso ya si se me permite) de este mi Madrid. Aprovecho también para hacer publicidad de mí mismo como fotógrafo y que si no te gusta no te escandalices ya que estás leyendo esto que, seamos sinceros, no es menos mediocre que mi fotografía.

El Palacio de Cristal del Retiro al atardecer, con la fuente delante

Namasté.

Isma